
No se si ha sido un sueño o sólo un delirio de mi efebrecido corazón. He cruzado al otro lado del espejo y descubierto un mundo donde la realidad supera con creces cualquier fantasía, donde puedo soñar despierta sin temer que al despertar la felicidad se haya esfumado.
Puedo tocar las nubes con mis manos y contemplar maravillada el rastro arcoiris que dejan en mi piel; coger la luna entre mis brazos y arrullarla cual bebé pálido y soñoliento, mientras las estrellas giran sobre mi cabeza al compás de una nana susurrada por el viento.
El mar va y viene acariciando mis sentidos con su dobladillo de encaje blanco, y las caracolas juegan al escondite entre los dedos de mis pies, mientras el sol arranca reflejos dorados en mis brazos, donde infinidad de lunares dibujan constelaciones desconocidas cuyo significado no logro descifrar.
Cada célula de mi cuerpo está impregnada con la sal que flota en el aire como motas de polvo, y las algas de mi cabello se agitan con la brisa iridiscente que trae de remotos lugares perfumes embriagadores de flores jamás tocadas por mano alguna.
Bendito delirio, del que no quiero despertar...






